NUGAS MORONENSES
< poemas y alguna otra cosa >
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N° 7

Redacción:
RADULFUS
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Magno conatu, magnas nugas
2021 – Moroniae
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ÍNDICE
Presentación
Leo Grammaticus. Filosofía del lavacopas (poema)
Ángeles Auliel. Sé paciente (poema)
Sergio Sologuren. Malevaje moderno (soneto)
Jorge Botas. «El gorrión” (poema)
Jorge Palma. Los niños ebrios (poema)
Felipe Hendriksen. 30 de abril, 1945 a.C. (relato)
Ángeles Auliel. La vertiente (relato)
Minucias moronenses
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PRESENTACIÓN
Desde 1981 vengo a Morón a cumplir tareas docentes. No me ha pesado mucho tal ocupación, pues he conocido a colegas y a alumnos muy buenos, como estudiosos y como personas. Pero debo acusarme de no haber conocido casi Morón. Dicen que con frecuencia no se tiene interés en visitar el lugar donde se trabaja: uno termina y va a gozar de la paz del hogar. Quizás sea el momento de empezar a remediar la falta.
Mientras tanto intento aquí dar forma escrita a cosas sueltas y desordenadas. Quizás algún otro se anime a acompañarme en este librito, que se ocupará de Morón y quizás de algunos lugares vecinos.
RADULFUS

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FILOSOFÍA DEL LAVACOPAS
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Hoy me comentaste
que por un momento
entendías a los suicidas
cuando lavabas los platos.
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Advertías lo tedioso y absurdo
de la limpieza repetida
día tras día.
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Te respondí que,
visto desde otro lado,
no había nada más glorioso
que lavar los platos
después de una pelea doméstica.
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El otro, el que no lava,
queda reducido
a la más abyecta condición,
como inepto, vil e indeseable.
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En cambio,
quien se puso a lavar los platos
se siente rápidamente mejor,
a la par que crece la espuma,
y cada plato lavado
es un cachetazo
en la cara del contendiente.
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¿Pero si el otro se pone a barrer?
Me espetaste.
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Eso no cuenta, respondí.
Quien barre
corre la suerte de la mugre
removiendo la inmundicia
a ras del piso,
sin honor alguno.
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Mientras que
quien lava los platos
lo hace a la altura de sus manos
en una posición natural
y conveniente,
regocijándose en la victoria obtenida
y dejando todo brillante
para la cena,
en la que por supuesto
no habrá lugar
para reconciliación alguna,
pero de la que sin duda saldrán
nuevos y maravillosos platos
por lavar.
LEO GRAMMATICUS
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SÉ PACIENTE
La paciencia es un árbol de raíz amarga
pero de frutos muy dulces.
Proverbio
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Sé paciente
amarga es la raíz de la simiente.
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Sé paciente,
la araña se entrega a su labor
y gracias a ella
el alimento obtiene a su favor.
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Sé paciente,
la rosa en color y espinas crece,
el que bien entiende
observa y se fortalece.
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Sé paciente,
el agua del arroyo es fresca,
si no cambia ni enturbia
en ella pesca.
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Sé paciente
amarga es la raíz de la simiente.
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Sé paciente,
la oruga sin monotonía muda,
el verde por brillante trueca
mas, en breve, su vida es nula.
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Sé paciente,
la mala hierba de la casa,
el cardo que asedia
es comido en la batalla.
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Sé paciente,
la piedra que en el zapato es molesta
e incómodo te deja,
en el sabio es gema.
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Sé paciente
amarga es la raíz de la simiente,
mas el fruto brotado
que al tiempo inclemente
ha derrotado,
dulce sabe en tu vientre.
ÁNGELES AULIEL

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MALEVAJE MODERNO
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El malevo de aura es un tipo duro:
no usa funyi ni facón. Va de traje
fumándose las cuatro horas de viaje
para llegar tempranito al laburo.
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Al paso, gargajea de colmillo
y aguantiña la fule del estrés.
Con mate y stevia da vuelta al revés
y se ajusta en la terraza un tornillo.
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El malevo es del uaifái y de internet.
Si tiene familia, no hablés de farra:
mandale rosca al fulbo y se emociona,
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chamuyale de morfadas, que agarra.
El taura mezcla el tango con Arjona,
va en curda de manaos con fernet.
SERGIO SOLOGUREN

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EL GORRIÓN
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Se ha posado un gorrión en mi ventana
del barrio de Palermo, cuarto piso.
No tuvo que anunciarse, solo lo hizo,
es viernes, nueve y cuarto, de mañana.
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Con total desenfado me observaba,
cosa que yo respete la distancia.
Todo mi ser ya estaba, en esta instancia,
cautivo de ese show que me brindaba.
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Sentí que el tiempo, allí, se detenía,
mi mente se metió en la del alado,
volamos como dos desfachatados,
ni ganas de volverme yo tenía.
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La libertad es su mayor tesoro
y vaya que él bien eso lo sabía,
porteño como pocos se sentía…
describo ese paseo y ya lo añoro.
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Buenos Aires se ve tan diferente
desde donde la observa un pajarito,
que es cierto que es bastante compadrito,
igual que quien les habla, soy consciente.
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En eso y sin quererlo todavía,
volví a encontrarme en casa y el gorrión,
ya desde la baranda del balcón
echó a volar y así se despedía.
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Hay que saber ponerse en otro lado
y pensar como el otro pensaría.
El término adecuado es «empatía»
y un mágico gorrión me lo ha mostrado.
JORGE BOTAS
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Agradecemos a este autor, argentino actual, su permiso para reproducir este poema, que conjuga el lirismo con la reflexión ante un hecho puntual de la vida cotidiana. Las aves son muy caras a nosotros y representan muchas ideas que siempre nos animan. Una de ellas, la libertad. En el caso de estas aves sarmientinas (en realidad, de misterioso origen), si bien no resisten el cautiverio, se acercan bastante a nosotros y buscan la comida que sabemos darles. Quizás por esto el poeta se anima a volar con uno de ellos e imagina cómo sería tal visión del mundo. El poema se encuentra en Estados de ánimo, publicado por Editorial Dunken. [Radulfus]

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LOS NIÑOS EBRIOS
Ayer, si mal no recuerdo Heri, si non male memini
bajaban hacia el río in flumen descendebant
niños ebrios ebrii pueri,
gritando con voz de hombres. voce virorum clamantes.
Iban golpeando el aire Aera tundebant
caliente dentro calidum nubem
de una nube de polvo intra pulveris,
anunciando de a ratos paulatim nuntiantes
el oscuro perfil cuiusdam tonitrus
de un trueno. obscurum latus.
Iban corriendo per caelorum suburbia
por los suburbios currebant,
del cielo cum in gutture
cuando ardía ardebat
en la garganta vini
un olvidado gusto peramari
a vino amargo gustus oblitus…
y amanecía. Lucescebatque…
JORGE PALMA

Jorge Palma, destacado escritor y periodista oriental, ya es un amigo de nosotros. Vuelvo a agradecerle su presencia en estas páginas; en esta ocasión, con un poema muy profundo, a mi modo de ver, que mueve al lector, y a sí mismo, a la piedad, sin dar los fáciles golpes bajos de los políticos. Disculpen Jorge y el lector mi elección de la imagen: es una simple asociación con los gratos recuerdos que tengo de los ríos uruguayos que, imagino yo, sabrán ser cobijo para todos los niños. También encontrarán, paralelo al original, que me he tomado la libertad de intentar una versión latina. [Radulfus]
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30 de abril, 1945 a.C.
En el secreto y húmedo sótano de su castillo, Zhou lamentaba su suerte. Había gozado del beneplácito de su pueblo hasta hacía unas semanas, cuando la guerra que enfrentaba a China con una coalición de reinos no menores pero sí inferiores había dado un vuelco: en su infinita ambición, el rey había intentado conquistar una antigua y magna ciudad de un lejano imperio, pero todas sus tropas habían sucumbido ante los áridos días y las gélidas noches de aquel desierto misterioso que a Zhou se le hacía tan imprescindible dominar.
Ya había sido derrotado, pero las consecuencias todavía no se hacían notar: faltaba un tiempo (no mucho) para que las huestes enemigas cercaran la capital y lo apresaran, para que lo decapitaran en la plaza pública ante los ojos temerosos de los chinos, para que desfilaran su cuerpo muerto por las calles de tierra, para que dieran de comer sus restos a los hambrientos perros de Pekín. Su derrota era virtual, pero no por eso menos real. Le quedaba poco por hacer más que esperar. A menos que…
Lo decidió repentinamente. Llamó a su secretario y a su esposa. A ambos les explicó la situación y lo que debían hacer a continuación. Ambos accedieron, acaso porque no les quedaba otra opción. Celebraron una humilde última cena y la pareja real se retiró a su cuarto. Desde allí pudieron escuchar los gritos del secretario. La reina pareció dudar, pero Zhou le prometió que en la otra vida volverían a ser reyes y que esta vez sí ganarían la guerra santa. Los dos tomaron el veneno y recibieron al sacerdote, que había estado bendiciéndolo todo desde el umbral. Éste leyó unos versos sagrados y encomendó sus almas a la misteriosa deidad que regía los destinos de los hombres en la tierra y el más allá. Entonces le preguntó al rey, que ya sufría los efectos del veneno, lo que se tenía por costumbre preguntarles a las almas que estaban por ascender:
—¿Te arrepentís de lo que has hecho?
Zhou no dudó un segundo:
—No.
Muere sin saber que su muerte es espejo de otra.
FELIPE HENDRIKSEN
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LA VERTIENTE
Me llamaban Negrita. Cuando Ana era una recién nacida me llevaron con ella. Ella me quiso y nos hicimos inseparables. A veces me dejaba olvidada en el suelo pero luego venía, me abrazaba y me llevaba. No tengo memoria de mi historia sin ella.
Aquel día, íbamos al valle a visitar a la Virgen. Ella también es negrita, me le parezco. Íbamos en un colectivo que era un cacharro. Hacía ruido por todos lados y la marcha era lenta. Hacía mucho calor. Anita me había vestido con ropa liviana y clara. Así íbamos. Me contaba del paisaje, me decía: “Mirá, viste qué hermoso.” Y me mostraba el panorama detrás del vidrio. Me hablaba sobre lo maravillada que estaba al ver tanta naturaleza junta, que era la primera vez que viajaba por allí. Me susurraba: “Quiero llegar pronto, quiero conocer a mi protegedora.” En palabras casi inaudibles, me confesaba que quería ver el recordatorio. El recordatorio era una plaqueta de bronce que sus padres habían hecho colocar en la gruta de la virgen. Ellos eran muy devotos y, cuando Anita salió bien, su fe se hizo más grande. Por eso íbamos.
Ana tenía menos de dos años cuando enfermó. Estuvo en cama cerca de ocho meses; los días se contaban por las llegadas del médico. Las rutinas, la medicación, la espera. Y el murmullo. El murmullo de las religiosas que rezaban el rosario. Cada tarde se reunían para que la virgen intercediera por mi Anita. Una vez, ella en secreto me dijo esos rosarios y la Virgen negra me salvaron.
El coche iba lento y de repente pum… caí. Anita me levantó, me preguntó: “¿Te golpeaste?”; y me abrazó. El movimiento se había detenido. El chofer gritó abajo y el papá de Ana la tomó de la mano y bajamos. En ese momento, sin que mediaran las ventanas, miré a mi alrededor: la vastedad ante mis ojos era tan inmensa que superaba lo que pudiera haber imaginado. El vacío que me habitaba se llenó de esta visión única que me entregaba su totalidad. Vi la ruta, testimonio del paso de la civilización, lo rocoso de la superficie con su vida latiendo debajo y, lejos, el primoroso verde centelleante al sol.
Caminamos a la vera de la ruta unos metros, hasta el parador que habíamos pasado. Cuando llegamos, Anita me sentó en el suelo con ella. La multitud de pasajeros reunida nos impedía disfrutar la vista. “Vení Anita”, le dijo su papá y ella lo siguió, llevándome. Los tres bajamos la ladera, tenía una senda demarcada por las huellas de anteriores caminantes. La vegetación era escasa y agreste. Al final de la senda había un arroyo: la vertiente parecía venir del interior de la roca. Oí el fluir de la corriente cerca, me estremecí hondamente.
Ana me había dejado sentada en una roca frente a la montaña. Así, de cara al muro que era la piedra, me preguntaba sobre la vida secreta de las cosas inanimadas. Mientras miraba perdida la montaña, Anita me agarró y me dijo: “Vení, vamos a chapucear; papá me dejó.” Se sacó los zapatos y me llevó al agua. Con los pies sumergidos, me hizo hacer la plancha: vi el cielo teñido de azul con unas hilachas de pájaros atravesándolo. Una paz innominada rodeaba aún ese lugar. “Anita, Anita”, escuché decir. Sus manos me soltaron y la fuerza de la corriente me arrastró. Las últimas palabras de Ana que oí fueron: “Ahí voy, pa.” En el viaje que me ofrecía la corriente cristalina y con el sol del mediodía mirándome fijo, pude percibir los nombres latentes en la naturaleza.
ÁNGELES AULIEL

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MINUCIAS MORONENSES
Una cosilla más sobre Jorge Palma
En este número publicamos “Los niños ebrios”, del poeta Jorge Palma. Quiero añadir solo una cosa sobre él. Entrando a su blog: http://www.jorgepalma.com.uy/el_autor.html#:~:text=Jorge%20Palma%2C%20nace%20en%20Montevideo,(escritura%20narrativa%20y%20poes%C3%ADa).),
Leo allí lo siguiente: “Escribo a mano, siempre. La primera versión es siempre a mano, me gusta, me seduce. Me permite trabajar plásticamente las ideas, moldearlas en caliente, suprimir algo inadecuado a la velocidad de un rayo y seguir trabajando, dándole forma a algo que se impone, a lo cual es casi imposible no obedecer. Luego más frío lo paso a la computadora, donde es más fácil corregir. Tengo cinco máquinas de escribir. Me gusta el sonido de las teclas, peleando por imponerse, pedaleando. Me acompañan, alguna desde siempre.”
Disculpe el lector, si me pongo contento de escuchar a uno de los míos. Pero con una diferencia: mis máquinas de escribir solo son dos (una es para escribir en griego, de la cual me valí bastantes años, tiempo atrás). En fin, recuerdos paleontológicos que tenemos este amigo oriental y un humilde servidor. [Radulfus]

con su caja de madera
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¡Se recibió Leo Grammaticus!
Nuestro amigo Leo Grammaticus, almus pater de estas Nugas, se recibió de profesor en la carrera de Letras de nuestra querida Universidad de Morón. Si bien es cierto que ya venía dando clase, el título –no abrigo dudas– le abrirá nuevas puertas en la docencia, en el estudio, en la investigación. Deseo alabarlo aquí con unos simples versillos latinos.
Multas vias cucurristi
in tua tenera adhuc vita:
nunc alia est tibi incipienda,
quae per aspera te ducat
ad astra bonae sapientiae.
Perge, amice, refovendo
perennem humanitatem!
[Corriste muchos caminos / en tu vida todavía tierna: / ahora deberás
empezar otro, / que a través de asperezas / te llevará a los astros de la
sabiduría. / Sigue, amigo, cultivando / el humanismo perenne.]
Para poner fin a este homenaje, pregunté a este querido exalumno y gran colaborador de nuestras Nugas qué poema elegiría para celebrar su recibimiento. El elegido fue el siguiente, de un conocido poeta español de hoy. [Radulfus]
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TODA LA DICHA CABE EN UNA LÁGRIMA
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Fortalecido en la traición, el cuerpo
contempla un día la frustrada huella
de la felicidad, fuego engendrado
en cautelosa nieve, donde sólo
perviven ya rescoldos, momentáneos
delirios, rebeldías, simulacros
de desnuda agresión. Estéril
ya el olvido, toda la dicha cabe
en una lágrima, toda la culpa
en un recuerdo.
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Así la carne yergue
su gastada mentira frente al rostro
fugaz de la verdad, emblema despiadado
de lo que no se puede poseer,
pasión que muere cuando está naciendo.
JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD
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Chascarrillos literarios
Me gustaría que cada número terminara con algunos chistecitos literarios (o quizá culturosos). Va el intento.
Comenzamos con dos de Exiguo Rodríguez. Uno, ¿en qué lugar de la Provincia de Buenos Aires quiere vivir Aracne? En Carlos Tejedor.

El otro, ¿cuál es el cantante más latino? Ritchie Valens.

Roberto Piras pregunta: “¿Cuál es el agua mineral preferida por Gigliola Cinquetti, Claudio Villa, Bobby solo y Domenico Modugno?” Responde: “Grafías, aparte, Villa San Remo.”
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Leo Grammaticus nos recuerda cómo se dice detective en guaraní: “Averiguaré.”
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Y, para terminar este número, tenemos que señalar un grave error. Hay en efecto unas galletitas dinarmarquesas…
























































Una de las obras del escritor






































