N° 6

NUGAS MORONENSES

 < poemas y alguna otra cosa >

* Número en buena parte dedicado a letras uruguayas *

N° 6

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Redacción:

RADULFUS

Grammatikus

 §

Magno conatu, magnas nugas

2020 – Moroniae

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ÍNDICE

Presentación

“Doloroso recuerdo” de Ramón de Santiago (poema)                   

Jorge Palma. “Morar y demorar” (poema)                                     

Gerardo Molina. “Montrouge” (poema)                                         

“En el Coliseo de Roma” de Juan Zorrilla de San Martín              

Silvia Noemí Fournier. Sobre un soneto de Rodó                            

Washington Bado. La balada del pescador                                    

Grammatikus. Algunos placeres uruguayos                                    

La foto de este número                                                                  

Minucias moronenses                                                                     

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PRESENTACIÓN

            Desde 1981 vengo a Morón a cumplir tareas docentes. No me ha pesado mucho tal ocupación, pues he conocido a colegas y a alumnos muy buenos, como estudiosos y como personas. Pero debo acusarme de no haber conocido casi Morón. Dicen que con frecuencia no se tiene interés en visitar el lugar donde se trabaja: uno termina y va a gozar de la paz del hogar. Quizás sea el momento de empezar a remediar la falta.

            Mientras tanto intento aquí dar forma escrita a cosas sueltas y desordenadas. Quizás algún otro se anime a acompañarme en este librito, que se ocupará de Morón y quizás de algunos lugares vecinos.

                                                                                              RADULFUS

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DOLOROSO RECUERDO

            De dos hermanos que el rencor ahogaba

            sangrienta vi la lucha cierto día,

            mientras la madre, que infeliz gemía,

            por separar sus armas se esforzaba.

            Insensata, la turba les llamaba

            lidiadores hercúleos, y aplaudía;

            pero la madre de pesar moría

            y su llanto de sangre derramaba.

            Cayó el uno, por fin, desfalleciente;

            muy digno el otro se creyó de gloria

            y hacia los cielos levantó la frente.

            ¡Ay! Algún día nos dirá la historia

            que aquella madre en su dolor vehemente

            la derrota maldijo y la victoria.

                                                           RAMÓN DE SANTIAGO[1]

[1] Este texto lo obtengo de una viejísima antología de sonetos. El autor (1831-1900) nació en Montevideo y fue poeta y periodista. Según creo recordar, leí en un libro de María Ester Vázquez que la única vez que Borges presenció un duelo real fue en el Uruguay. No sé si interpreto bien a nuestro escritor, pero creo que hay una belleza en el duelo, en el combate individual (no digo que lo apruebe, que lo promueva o que lo defienda). En fin, Ramón de Santiago nos habla de ciertos Etéocles y Polinices ignotos de la vecina orilla… y de una Yocasta. [Radulfus]

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MORAR Y DEMORAR

Quiero creer que los hombres
no mueren lejos de su patria.
Que los cielos de la infancia,
aquellos ojos, las tardes
que respiramos tú y yo,
las rejas de los patios
encendidos donde te besaba
viven aún en la memoria
del aire.

Quiero creer que aguardan
la sombra fresca de un
verano para regresar
o acaso cansados
de esperar el milagro
de la sangre
siguen soñando
el sueño de los locos
tan testarudos
como esos muertos
que atados a la vida
se resisten
con los huesos
a ser leyenda.                                                            JORGE PALMA[1]


[1] Este poeta y narrador uruguayo nació en 1961. Sus escritos han sido difundidos y traducidos en diversos países. Nos honra enviándonos algunos de sus poemas. Con un criterio muy personal (posiblemente equivocado) he elegido este. Según mi lectura, “Morar y demorar” nos enseña que la poesía tiene mucho de recuerdo; pero tal recuerdo se nutre de cosas personalísimas, que viven sobre todo en nuestra interioridad. Así le pasaba a aquel infatigable héroe que añoraba hasta el humo que salía de los techos de su patria. [Radulfus]

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MONTROUGE

El poeta y su musa inspiradora

Ha llegado a mi mesa

Un Montrouge

Cabernet-Sauvignon de 2011.

Vin de Pays D’Oc reza su origen.

Lo escancio lentamente,

En tanto admiro

Los reflejos purpúreos de su granate intenso

Y aspiro su cautivante perfume de grosellas.

Nada más para verme en sus viñedos

De filas paralelas que, a lo lejos,

Se unen idealmente.

Frutal, riente, Mediodía francés.

Como un haz de colores

–de graciosos chapeaux, de trenzas rubias–

Las viñadoras jóvenes deslizan

Sus frescas manos por las vides

Y cortan los racimos como un juego.

El sol, taumaturgo omnisciente

Pone pizcas de luz en cada grano

Para que, al fin, el vino tenga

El áureo premio de su bendición.

Y, cómplice del aire,

Con dorados aromas,

Acaricia los dedos de las dríades del campo.

Luego,

A la gracia y la luz del claro estío,

Los viñateros cargan sus cajones

Y, entre cantos y risas,

Guían los tractores

Al sitio del lagar.

Procesada, vertida en grandes cubas

La uva será rubíes líquidos

Y en los viejos toneles,

El vino

Dormirá su sueño de príncipe encantado

–un sueño hecho de sueños y de olvido–.

Un sorbo más. ¡Salud, Montrouge!

Cada botella –diríase– alberga un genio

Con que regalas tu alma.

Y, en veces, se deslíe en sus rubíes

La risa de tus jóvenes

–de graciosos chapeaux, de trenzas rubias–

Y en su pointe poivrée

–¡Oh punta sazonada con pimienta!–

Arde la picardía.

¡Salve Pays D’Oc!

Por tu vino frutal

De los mejores

Terroirs, de los mejores

Vinos que das al mundo

Para que éste sea

Más natural y alegre

Y vele por la vida.

                                                           GERARDO MOLINA[1]

Nota.

Vin de pays es una expresión en idioma francés, traducida directamente como “vino de país”, que es empleada también en su plural vins de pays, para denominar a una de las categorías reglamentadas de calidad de los vinos producidos en Francia.

Su equivalente en España es la categoría vinos de la tierra.

El Pays d’Oc está ubicado en el Sur de Francia.

Los viñedos son unos de los más grandes de Francia con una superficie de más de 245.000 hectáreas. Fueron creados por los griegos y romanos en la continuidad de los de la Provence.  

El viñedo está plantado en tierra batida, piedra caliza, pizarra, arenisca, melaza, aluvial.

Las principales cepas son para los vinos tintos: garnacha, monastrell, syrah, carignan, cinsault y para los vinos blancos: bourboulenc, garnacha blanca, marsanne y roussanne. (Información tomada de la Red).

[1] Este autor uruguayo actual ha tenido más de una vez la generosidad de poner a mi disposición sus escritos. En este poema sus laudes no solo son para los sabores del vino, sino también para lo mucho que este significa: por su tradición histórica y literaria, por sus valores de trabajo, por sus valores de amistad, por sus valores de inspiración. En lo personal, valoro especialmente la mirada estética de Gerardo, quien también sabe ver la belleza y la cultura que hay en el arte del diseño (trato de imitarlo en mi vida diaria). Bendita curiosidad, me dice en un correo personal: “Mi primer lauro internacional lo obtuve en un concurso que se realizó en Morón e Ituzaingó. Y por allí estuve, muy joven, por 1964.” [Radulfus]

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EN EL COLISEO DE ROMA

                        Entro en el circo, enorme calavera

                        llena de tierra y musgo y mordeduras.

                        La noche, en agujeros y hendiduras,

                        penetra, como en honda madriguera.

                        En el cielo, la luna brilla entera

                        y llueve luz, que filtra en las honduras,

                        luz silenciosa, luz de sepulturas,

                        que en el cráneo insepulto reverbera.

                        Un hálito de siglos fenecidos

                        parece que en la luz se cristaliza

                        sobre el montón de escombros carcomidos;

                        y en el silencio aquel, que atemoriza,

                        una lechuza infiel, con sus ladridos,

                        la inmensa soledad escandaliza.

                                               JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN[1]

[1] Este poeta nacional uruguayo (1855-1931), autor de Tabaré, nos invita a una Roma que ya no existe, pues era posible a cualquier hora del día, sin pagar ninguna entrada, adentrarse por los foros imperiales, por el Circo Máximo, por el Coliseo. En tales paseos la historia nos invitaba a reflexionar sobre el paso del tiempo: “Buscas en Roma a Roma…” [Radulfus]

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SOBRE UN SONETO DE RODÓ

De la dichosa edad en los albores

Amó a Perrault mi ingenua fantasía,

Mago que en torno de mi sien tendía

Gasas de luz y flecos de colores.

Del sol de adolescencia en los ardores

Fue Lamartine mi cariñoso guía.

“Jocelyn” propició, bajo la umbría

Fronda vernal, mis ocios soñadores.

Luego el bronce hugoniano arma y escuda

Al corazón, que austeridad entraña,

Cuando avanzaba en mi heredad el frío.

Amé a Cervantes. Sensación más ruda.

Busqué luego en Balzac… y hoy, ¡cosa extraña!

Vuelvo a Perrault, me reconcentro y río…

                                       JOSÉ ENRIQUE RODÓ (1871-1917)

Leí el soneto e inmediatamente vino a mi recuerdo las Confesiones de Jean-Jacques Rousseau en donde expone, en su voluminosa obra, que el hombre es lenguaje (perdón por la simplicidad con que reduje esta obra colosal) y que sus lecturas lo llevan al encuentro de sí mismo; que su yo no es más que una continua creación, así como lo es la escritura, la literatura, el habla. Las palabras entonces construyen, rehacen constantemente nuestro yo. Por supuesto que hablar de la obra de Rousseau nos llevaría años; no es ese mi propósito sino hacer la relación con el soneto de Rodó. En él, en cada una de sus cuartetos y tercetos, hace alusión a diferentes etapas de la vida, niñez, juventud, madurez y vejez.

En cada una de ellas hay una lectura, un escritor que marcó sus días: Perrault, Lamartine, Victor Hugo, Cervantes y Balzac. Creo que el soneto nos invita a reflexionar acerca de la literatura y su incidencia en la formación de la vida, pero creo que también podemos leer lo no dicho; es una lírica reflexión filosófica sobre las palabras que en literatura son ficción. Por lo tanto creo que además plantea el gran problema de la verdad. Al final, en el último terceto nos cuenta que vuelve a Perrault. Hay un ciclo que se cierra, vuelve al inicio. Luego de deambular por mares de palabras, encuentra en los cuentos infantiles la candidez de la inocencia. Al final dice: “Vuelvo a Perrault, me reconcentro y río…”, se rearma al final de la vida y encuentra que la niñez es sinónimo de autenticidad. Seguiré pensando que este soneto tiene demasiadas relaciones intertextuales y filosóficas; me llevó a recordar a Rousseau.

Y el soneto siguió rondando en mi cabeza y seguí hilvanando ideas y asociando autores. Recordé el gusto del poeta por las obras grecolatinas y recordé el poemario de Chantal Maillard que se titula Matar a Platón, en relación con toda la crítica que se desarrolló alrededor de su libro La república, donde plantea echar a los poetas y su famosa frase de “secar las emociones.”

En una entrevista a la escritora, ella dice: “Yo desde luego no soy inocente, ¿lo es usted? La realidad está ahí desplegada, lo real acontece en lo abierto, en lo infinito e incomparable, pero el ansia de repetirnos instaura las verdades, toda verdad repite lo inefable, toda idea desmiente lo que ocurre pero las construimos (a las ideas) por miedo a contemplar la enorme trama de aquello que acontece en cada instante, todo lo que acontece se desborda y no estamos seguros del refugio bien pensado, es posible que Platón no sea el responsable de la historia, delegamos con gusto, por miedo o por pereza, lo que más nos importa. A lo mejor no tiene la culpa Platón, a lo mejor la cuestión está en el miedo y la pereza que nos hace constantemente sustituir lo que es válido como real por las representaciones en las cuales nos sentimos a salvo; y cuando uno lo que hace fundamentalmente es sentirse a salvo, simplemente sucumbe.”

Me pareció excelente su reflexión sobre la supuesta culpa de Platón sobre nuestra historia plagada de guerras. También opina sobre la verdad, tema que me pareció que se ligaba al soneto. En relación con la escritura que nos construye de Rousseau, una frase de Borges lo ilustra: “Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.”

SILVIA NOEMÍ FOURNIER

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LA BALADA DEL PESCADOR

Te llaman “la sirenita”.

       Flor de sal.

Ese pedazo de cielo en tus ojazos fijos

y ese fulgor sin luz de tu mirada

      tienen algo

         de lo que nunca verás.

Y ese caracol vacío entre tus manos

piedra perdida

  nudo de nácar

hueso del mar

sonará con el silbido gélido del viento

que nunca oirás.

Porque te llaman “la sirenita”

       siempre estarás

desnuda

encallada en la roca más profunda

y deslumbrada

con la luz del sol y las estrellas

allí

donde para siempre y nunca

nadie

te podrá encontrar.

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           El hombre de la playa comenzó así su relato:

“El naufragio del Tritón se produjo en febrero de 1690, a la altura de la playa de Santa Rosa, que hoy conocemos como Atlántida, en las cercanías de Montevideo. Era un galeón inglés de buen porte y bien artillado, que, por un extraño juego de intereses políticos y comerciales, había sido puesto al servicio de Portugal, para reforzar la guarnición que defendía la Colonia del Sacramento de los ataques del Gobernador de Buenos Aires, quien intentaba recuperarla para la corona española. La Colonia del Sacramento había sido fundada poco antes por el almirante Manuel de Lobo como una cabecera de puente de los portugueses en el Río de la Plata y la Banda Oriental del Río Uruguay, sobre la que pretendían derechos. Se basaban para ello en una interpretación particularmente interesada del Tratado de Tordesillas –inspirado por el Papa Alejandro Borgia– con el que se había tratado de resolver las diferencias de límites entre el imperio español y el lusitano, en suelo americano.

            La embarcación fue sorprendida por un terrible temporal de verano, de esos que caracterizan el Suralsur de la rosa náutica, la rosa de los vientos. El recién descubierto Río de la Plata –el Mar Dulce de Solís–  era en ese tiempo una de las regiones más peligrosas del mundo para la navegación, que debía hacerse en las cercanías de la costa, evitando las restingas y bancos de arena. Con el temporal que lo arrojó a los escollos el Tritón zozobró y terminó por hundirse con todos sus ocupantes, en las embravecidas aguas del Río de la Plata. Nadie pudo sobrevivir. 

            La tempestad arrojó sobre la playa los restos de la nave, parte del casco de madera y algo de la arboladura. Se pudieron recuperar algunos cañones, que fueron trasladados al fortín que poco después construyeron los españoles cerca de ese lugar, sobre la playa de Santa Rosa, algunos de los cuales permanecieron –como simple motivo de decoración– en el parador turístico del balneario que todavía lleva ese nombre.

            La embarcación no transportaba riquezas, pero la tradición recuerda que, sobre la buzarda de proa, portaba un espléndido mascarón que representaba a una sirena y que –como siempre pasa cuando se trata de leyendas– algunos dicen que era de oro.

            Después de recuperados los pocos materiales que podían ser de utilidad, los restos del maderamen quedaron abandonados sobre la playa y con el tiempo fueron sepultados por las arenas, aunque cada tanto, y sobre todo después de alguna tempestad, aún hoy suelen aparecer para curiosidad de los turistas. Pero la sirena de oro nunca apareció. O por lo menos eso nunca se supo.

            Aunque fue buscada afanosamente durante años por infinidad de buceadores en todas las cercanías del lugar, nunca se reconoció públicamente su hallazgo y lo único que se conservó fue su recuerdo que se perpetuó en el nombre con el que se conoce a la pequeña isla, frente a Atlántida, que es frecuentada por los pescadores quienes, afirman que allí se sacan los mejores pejerreyes. Es y será para siempre ‘la isla de la Sirena’ y muchos creen que en alguna de sus rocas más profundas quedó encallada para siempre.”

            Después de tomarse un breve respiro, el hombre de la playa continuó con su relato:

            “Tratándose de un barco llamado ‘Tritón’ –el viejo de los mares– no es extraño que pudiera llevar una sirena como mascarón de proa.        Originalmente, en la mitología griega, las sirenas tenían cabeza de mujer y cuerpo de ave, destino que les había impuesto Deméter, por no haber ayudado a Proserpina cuando fue raptada por Plutón. Fue durante la Edad Media, y tal vez por la influencia de otros mitos nórdicos, que se les asignó su imagen tradicional, mitad mujer y mitad pez, que ha llegado hasta nuestros días.

            Pero en lo que todas las versiones coinciden es en la atribución del poder melodioso de su canto, que atraía a los navegantes a las profundidades abismales. En la Odisea y por recomendación de Circe, Ulises tapa con cera los oídos de sus marineros cuando se acerca a ellas y él mismo se hace atar al mástil de su embarcación, para no ceder a la seducción melodiosa de su canto. ‘Ningún hombre ha franqueado estos lugares sin haber oído la voz melodiosa que escapa de nuestros labios’, le dicen. Ulises, atraído, hace señas a los remeros para que lo desaten, pero estos –sordos– siguen remando, hasta alejar a la nave de los torbellinos fatídicos de Escila y Caribdis. Y en la historia de Jasón es el inefable Orfeo el que se encarga de silenciar con su canto a las Sirenas, arrojándolas a las profundidades, para lograr que los Argonautas pudieran continuar con su aventura, en busca del Vellocino de Oro.

            Es recién con el célebre cuento de Hans Christian Andersen que una sirena, ya con el cuerpo de pez, es reconocida como un ser amable y bondadoso. ‘La sirenita, la más joven además de la más bella, poseía una voz maravillosa… casi siempre estaba cantando y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.’ Al cumplir sus quince años, fue elevada por sus hermanas desde las profundidades del mar a la superficie, para que pudiera contemplar las bellezas de la tierra y el cielo. Y es allí donde quedó cautiva de un amor imposible por un capitán náufrago a quien salvó de las aguas embravecidas. Pero el amor de la sirenita no fue correspondido por aquel capitán, que prefirió otro más humano y, entonces, Andersen pone fin a su cuento diciendo: ‘la sirenita, levantando sus brazos al cielo, por primera vez lloró.’”

*****

            El hombre de la playa pareció también poner fin a su relato. Entonces yo, que había permanecido callado, tomé la palabra:

             –¡No se tomará usted en serio esa historia de la sirena de oro! –le dije, casi gritando. Acepto que un barco que se llamaba Tritón llevara como mascarón de proa a una sirena. Pero que fuera de oro… es difícil de admitir.

Foto de una sirenita tallada en madera, propiedad
de Washington Bado, quien gentilmente nos la envía

            –No lo crea– replicó el hombre de la playa. Le hablé de razones políticas y comerciales que explicaban que un navío inglés estuviera al servicio de la corona portuguesa, pero mejor podía haberle hablado lisa y llanamente de contrabando. Inglaterra estaba en guerra con España y Portugal era por entonces lo que podríamos llamar ahora un paraíso fiscal. El capital, el dinero y los metales preciosos, jamás tuvieron ni tendrán patria. El oro podía entrar y circular en Portugal libremente y pasar al resto de Europa, sin necesidad de estar amonedado o lucir la efigie de algún rey. En esa época la Colonia del Sacramento estaba en manos de Portugal y era una especie de emporio para el contrabando hacia Europa, especialmente del oro que provenía del Perú. Esto dañaba los intereses de España, que controlaba celosamente desde Buenos Aires la navegación por el Río de la Plata. Las dificultades que esa vigilancia imponía por la extensión de su espejo de aguas fueron una de las razones que obligaron, años después, a que el gobernador Bruno Mauricio de Zabala fundara Montevideo.

            A todo eso hay que agregar el riesgo de la piratería. Por lo tanto (finalizó el hombre de la playa) ¿qué mejor idea que fundir el oro que se deseaba trasladar, bajo la forma de una sirena que se instalaría en la buzarda de proa y que pasaría por ser una simple estatua de bronce?

            Me quedé pensativo. Todo cerraba muy bien en el pensamiento del hombre de la playa.

            –¿Cree entonces de verdad que existió una sirena de oro y que nunca fue recuperada?

            –Que existió no lo dudo. Que haya sido recuperada no lo sé. Que esté encallada en el fondo del mar es posible y que todavía siga cantando para atraer a algún incauto, acompañándose con la ocarina de un caracol, como la describieron, puede caber en la percepción de algún espíritu místico que crea en lo sobrenatural.

            –No creo en esas cosas –le contesté– sólo creo en la ciencia.

            –Hablando de ciencia, quizá la física es la primera de ellas. Y me preguntó entonces: –¿Conoce usted el teorema de Bolzano? Dice así: “Si F es una función continua en un intervalo y tiene signos diferentes en los extremos del mismo, existe un punto interior al intervalo en donde la función se anula”. He leído que el premio Nobel Richard Feynman se burlaba de esa fórmula y la traducía de la siguiente manera: “Si ahora estás en la playa y luego estás buceando, en algún momento deberías haber cruzado la superficie del mar.” Sin embargo, contrariando la verdad científica de ese aserto, tal vez pueda ser posible que alguien se haya puesto a bucear en busca de algo, sin haber cruzado la superficie del mar…

            –Cómo podría ser eso, pregunté sorprendido.

            –Bueno, no olvide que la playa de Atlántida, donde se encontraron los restos del galeón, pasa por ser un lugar mágico. No es casualidad que se levantara allí una extraña construcción que en parte ha desaparecido destruida por el mar. Una extraña proa, mitad barco y mitad delfín, parecía querer hundirse en las aguas, coronada por un puente de mando donde destacaba la figura imponente de un águila de piedra. Esta última parte de la obra, mal reconstruida, es lo único que ha sobrevivido de ella. 

             –¿Y qué tiene que ver eso con la historia de la sirena de oro?, pregunté.

            –No olvide que el delfín y el águila eran los animales preferidos de Poseidón, dios del mar –el Neptuno de los romanos– y que las sirenas fueron una creación de Tritón, uno de sus hijos. ¿No cree que todo coincide?

            –Pero –razoné– ¿piensa que alguien, ahora, podría creer en esas cosas?

            –Sí –me contestó– alguien sencillo, no como usted, alguien que amara el mar y sus cosas, pudiera ser capaz de enamorarse de una sirena…y salir a buscarla. Existió ese alguien. Era un pescador de la isla que escuchó la historia y creyó en ella. Estuvo mucho tiempo sentado sobre una piedra entonando una extraña canción, una balada, que llamaba a la sirena encallada. Un día se zambulló en las aguas y no se supo más de él…

            –Es un bello relato, pero… me deja muchas dudas –le dije sonriendo.

            –Sí –me contestó–  lo admito. Porque también se habla de otro pescador que creía en la historia de la sirena de oro y, como aquel que se arrojó al mar, también desapareció misteriosamente. De este se supo, años después, que se volvió inexplicablemente rico y nunca más volvió a pescar en la Isla de la Sirena.

            (Algunos elementos de este cuento son verdaderos, otros son de ficción. Hay quienes dicen que los restos encontrados en Atlántida pertenecieron a una sumaca portuguesa llamada Santa Rosa, que le dio el nombre original a la playa. Otros afirman que por su porte pertenecieron a un navío mayor no identificado, probablemente inglés. La construcción de “El Águila” sobre la playa fue ordenada por uno de los fundadores del actual balneario, Natalio Michelizzi, sin que se sepa bien cuál fue su objeto. Originalmente se le llamó “La Quimera”.)

WASHINGTON BADO

[1] Autor uruguayo actual. Ya colaboró en alguna de nuestras Nugas.

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ALGUNOS PLACERES URUGUAYOS

Para este número uruguaiensis, no quería dejar de mencionar mi reciente conocimiento del “medio y medio”. Me considero un bebedor discreto, aunque con alguna experiencia, y debo confesar que me sorprendió no haber probado esta maravilla con anterioridad. Parece que el “medio y medio” es un clásico uruguayo, como el chivito, Alfredo Zitarrosa u Obdulio Varela, el negro jefe, y tantas otras buenas cosas, en las que no quiero abundar. Me sorprendió el descubrir que esta magnífica bebida consta de la mezcla mágica de “mitad vino espumante y mitad vino blanco”. El sabor puede recordarnos a la sidra, de algún modo. Quizá porque es una bebida perfecta para brindar en cualquier fiesta, como las de fin de año, por ejemplo. Sé que uno de los fabricantes más reconocidos fue el Roldós, antiguo restorán del mercado del puerto de Montevideo. Dicen que los de hoy en día ya no son lo que eran: así es todo. Por mi parte, como neófito y buen explorador, recomiendo cuanto antes tomar un espirituoso medio y medio.

El medio y medio, un clásico uruguayo

Por último –last but not least– quiero dar una recomendación uruguaya más. Se trata del genial compositor y músico uruguayo Gustavo Pena, más popularmente conocido como “El Príncipe” (esto lo vuelve primo del Enzo Francescoli, el más conocido príncipe uruguayo, admirado hasta por Zinedine Zidane).

Gustavo Pena, un artista amigable y feliz

Podría decir mucho sobre este artista de hermosísimas canciones, pero, para no hacerla larga, sólo diré que escuchen en Youtube dos temas de él, a ver si les empieza a gustar tanto como a mí. Los títulos de las canciones son: ¿Cómo que no? y Pensamiento de caracol

Habida cuenta de una mítica bebida y una música armoniosa, me despido no sin antes decir, en estos tiempos de virulana, una simple frase, típicamente uruguaya: “Bo, a ver si nos vemos algún día…”

GRAMMATIKUS

(Ariel Guallar)

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LA FOTO DE ESTE NÚMERO

En este lugar podría haber puesto un libro propiamente uruguayo, por así decir. Pero me gustó la idea de presentar este viejo libro escolar de francés, impreso en Montevideo en 1959. Los editores: A. Monteverde y Cía. “Palacio del Libro”, 25 de Mayo 577, Montevideo. Es uno de esos viejos libros de lectura de antes, que eran un pozo de sabiduría, con pequeños resúmenes de historia de las artes plásticas y de la música. ¡Y qué bella antología literaria, con autores clásicos de la dulce Francia! Haberlo encontrado en una librería de viejo fue para mí un verdadero triunfo. [Radulfus]

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MINUCIAS MORONENSES

Un lugar extraordinario, en la histórica Montevideo

En Juan Carlos Gómez 1435, a pasitos de la catedral, en plena ciudad vieja de Montevideo, está la Librería Linardi y Risso, cuyo interior se ve (solo en parte) en la siguiente foto.

Es una librería con ejemplares valiosísimos, especializada en textos americanos. Todo lo que pueda decir será muy poco. Me permito nada más recordar el inolvidable momento que pasé, de visita con mi familia, en ella, con una amabilísima y erudita atención del señor Andrés Linardi. Lo mejor que puede hacer el lector es visitar su sitio (http://www.linardiyrisso.com/) y, mejor todavía, visitar Montevideo y conocerla directamente. Será una experiencia inolvidable.

[Radulfus]

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¡Error, es uruguaya!

En el sitio web de La Montevideana, destacada empresa dedicada a la elaboración de helados, leo que su origen fue allá por 1967 en la ciudad de Rosario. Pero tengo para mí que en el fondo es oriental: que alguno de los dueños andaba en amores con una uruguayita Lucía rosarina… y a ella dedicó el fruto de sus trabajos. Hoy voy un poco más lejos y ofrezco a dicha mocita mi humilde copla.

                                   No es verdad lo que me dicen,

                                   que aquí viniste, mocita,

                                   a mostrarnos tus encantos,

                                   desde tierras transplatinas:

                                   viniste del mismo cielo

                                   para dar luz a mi vida.

                                                                       Wilson Machicote

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Un gran éxito uruguayo

            Quienes tienen mi edad (son poquísimos), quizá recuerden Sobre un vidrio mojado. Según Wikipedia, “es una canción compuesta por el uruguayo Roberto Fernando Alonso y el argentino Mario Pierpaoli, publicada en 1969 por el grupo uruguayo Kano y los Bulldogs, siendo un gran éxito en el Río de la Plata y Latinoamérica.” No sé si el gerundio “siendo” sería aprobado por Doña Gramática pero copiemos la letra de este ícono de los días felices.

Sobre un vidrio mojado
escribí su nombre sin darme cuenta
y mis ojos quedaron igual que ese vidrio

pensando en ella.

Los cuadros no tienen colores,
las rosas no parecen flores,
no hay pájaros en la mañana:
nada es igual, nada es igual,

nada es igual, nada.
Sobre un vidrio mojado

escribí su nombre sin darme cuenta
y mis ojos quedaron igual que ese vidrio

pensando en ella.

Hoy cuando desperté buscaba
el sol que entraba en mi ventana:
tras una nube se ocultaba…
Nada es igual, nada es igual,

nada es igual, nada.

            No por repetido es menos bello: la belleza de este bello mundo parece opacarse, si la dulce amada está ausente. Los poetas elegíacos desde siempre escribieron el nombre de Amarilis, en las cortezas de los árboles, en las paredes… y sobre un vidrio mojado. [W.M.]

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Ad informaticos

Informatici latrones,

novi tyranni hodierni

(non politicis peiores),

mundi huius tam vulgaris:

Erebo vos crudus mitto.

                                       Saúl González

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Un lugar uruguayo… por un “uruguayo”

            Nuestro Enrique Larreta era, por el lado de su madre, de origen uruguayo. Por eso voy a copiar aquí uno de sus sonetos, proveniente de La calle de la vida y de la muerte. Quizá alguien piense que tan destacado autor esté muy por arriba de las “minucias” que hay en esta sección. Llevará razón, pero mi intención es justamente esa: dignificar este ínfimo espacio justamente con alguien tan grande. Y hasta me atrevo a afirmar que él mismo, si estuviera entre los vivientes, me daría complacido su permiso de figurar en lugar tan humildico. Va entonces ahora su “Punta Chaparro.”

                        Ese fácil y claro morir del que imagina

                        que muere de verdad, ese morir viviendo,

                        ese dejar de ser y estar a un tiempo siendo

                        su propia confidencia, todo ello lo reclina,

                        lo extiende, la callada molicie vespertina

                        de este claro balcón. Quietud que adormeciendo

                        anticipa la paz del alma trascendiendo,

                        o exaspera las ansias; terrenal y divina.

                        Uruguay, tú, asimismo, río de las riberas

                        y luces encantadas, parece que supieras

                        de estas cosas. Apenas baja la luz, tus oros

                        y turquesas ya sueñan con la noche, de suerte

                        que tú sabes también sensualizar tesoros

                        y enriquecer así la vida con la muerte.

            Empezando por la actualidad, la Red me informa que hay un proyecto conjunto para un Puente Treinta y Tres Orientales, sobre el río Uruguay. Del lado argentino está un sector del complejo Zárate-Brazo Largo; del uruguayo, Punta Chaparro.

Enrique Larreta nada sabía de esto y yo no sé mucho más que él. Lo que aquí nos importa es la belleza de uno de los ríos que tenemos en común, con sus horacianas rubias arenas, con sus abundantes peces, con sus paisajes. Confieso que las rimas en gerundio me agobian un poco; y que el “sensualizar”, que parece neologismo, también. Pero la personificación del Río de los Pájaros me alegra y me da deseos de visitar tales lugares. [W.M.]

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Chascarrillos literarios

Me gustaría que cada número terminara con algunos chistecitos literarios (o quizá culturosos). Va el intento.

            Pregunta: ¿Cuál es el tipo de letra preferido por Sherlock Holmes?

            Respuesta: Baskerville.

            Pregunta: ¿Cuál era el filósofo más dulce?

            Respuesta: Meliso de Samos.[1]

[1] Este chascarrillo es bastante rebuscado: Meliso (s. V a.C.) tiene un nombre que parece relacionarse con μέλισσα, ‘abeja’ // ‘miel.’

Pero yo, humillimus Radulfus, debo agradecer al destino por este don de seguir haciendo con mis queridos amigos esta publicación; en particular, estos chascarrillos. Por eso copio una imagen que exprese tal agradecimiento dichoso.

A propósito de esto, Grammatikus pregunta, a manera de trivia, cómo se dice “gracias” en griego.

Su sencilla respuesta es: “Grecias.”

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Últimos versos

A una bella nación

                            y a una muy bella gente

                            agradecemos por tantos

                            y tan entrañables bienes.

[Radulfus]