NUGAS MORONENSES
< poemas y alguna otra cosa >
Nº 3

Redacción
Radulfus
Moroniae
Elegantia animi et facundia litterarum
2019
ÍNDICE
Presentación
Radulfus. En peregrinaje clásico hacia Morón
Wilson González Alfonzo. Puente y barrera
“Zamba para no morir”, Himno de Morón
Jonathan Georgalis. Crepúsculos otoñales (poema)
Washington Bado. Una moneda
Leo Gramático. Boris Doval, un recuerdo al revés
Daniel Fara. Égloga
Minucias moronenses
*
PRESENTACIÓN
Desde 1981 vengo a Morón a cumplir tareas docentes. No me ha pesado mucho tal ocupación, pues he conocido a colegas y a alumnos muy buenos, como estudiosos y como personas. Pero debo acusarme de no haber conocido casi Morón. Dicen que con frecuencia no se tiene interés en visitar el lugar donde se trabaja: uno termina y va a gozar de la paz del hogar. Quizás sea el momento de empezar a remediar la falta.
Mientras tanto intento aquí dar forma escrita a cosas sueltas y desordenadas. Quizás algún otro se anime a acompañarme en este librito, que se ocupará de Morón y quizás de algunos lugares vecinos.
RADULFUS

EN PEREGRINAJE CLÁSICO HACIA MORÓN
Escuché decir que para las aseguradoras laborales, si uno tiene un accidente camino al trabajo, ese trayecto forma parte de la cobertura del seguro. Pues bien, si hago una extraña analogía, mi camino hacia Morón está bajo cobertura moronense. Y si alguien piensa que me equivoco, lo invito a leer lo que sigue.
Salí un día de mi casa, como excepción, al mediodía, puesto que integraba una mesa examinadora a las tres de la tarde. Quiere decir que encontré todos los negocios abiertos, no como los sábados a las 6.30. Y pasé por la panadería y confitería PANEM.

Pienso que ese negocio forma parte de una cadena, incluso internacional. Sea como sea esto, quizás su creador admiraba al poeta preferido de Carlos Juvenal y de Juvenal Olmos. Dicho poeta se quejaba del materialismo de sus contemporáneos, los antiguos romanos, quienes, en vez de pedir una mente sana en un cuerpo sano, solo pedían a los dioses cosas materiales. A ese pueblo había que entretenerlos con panem et circenses, con ‘pan y circo.’
Unas cuantas cuadras más adelante, en la calle Paso, hay un establecimiento de venta de ropa llamado VULPES.

De las fotos que hay en la Red sin duda la de arriba es la más representativa, pues vulpes en latín significa ‘zorra.’ Confieso que yo habría reservado el nombre para una casa de abrigos de pelo, aunque esas cosas hoy cayeron en desgracia.
Por fin, dos o tres cuadras más adelante, un negocio de lentejuelas y ese tipo de adornos se llama Venus. Sin duda está muy bien, porque la diosa del amor y de la belleza se interesa en tales cosas. En fin, como ves, amigo lector, esa tarde mi caminata me puso en materia. Ahora bien, siguiendo con el latín, ¿cómo puede decirse ‘tren’ en lengua del Lacio? Muy fácil, currus ferreus.
RADULFUS
PUENTE Y BARRERA
La palabra venía desde lejos;
de la raíz de la emoción del hombre
antes de que el presagio amaneciera.
Sólo una exclamación fue en el comienzo,
un grito apenas,
una chispa sonora del espíritu.
Y designó después cosas comunes
propias del hombre y su inmediato entorno,
convivió con el gesto y el dibujo
en una rara y milagrosa mezcla
con la que el hombre prolongó su estado
y llegó al semejante
en intangible vuelo ilimitado.
Quiero creer que fue primero puente,
instrumento de unión,
vínculo entre los seres,
eslabón entre un hombre y otro hombre
y que a través de ella
se expresaron amor y sentimientos.
Después el propio hombre
la convirtió en barrera
para cerrar el paso al otro hombre.
Bloqueó el entendimiento,
se hizo lanza
y se clavó en el pecho del hermano.
¡Que destino tan trágico!
De ser puente a barrera,
de ser luz a ser sombra,
de ser mano amigable
a ser puño crispado.
Al pasar las edades sigue siendo
puente y barrera,
instrumento de paz, signo de furia,
emblema del amor, marca del odio.
Habita en el discurso, en el poema,
en la expresión corriente de la gente
en la oración piadosa del devoto,
en la cansada voz de los ancianos.
Habita donde el hombre la libera
y desde el fondo de su alma canta,
ruega, blasfema, gime, se enternece;
es un producto suyo la palabra.
WILSON GONZÁLEZ ALFONZO[1]

Puente Pexoa, en Corrientes, que ha dado nombre a una canción homónima
[1] Escritor uruguayo actual. Si bien no conozco extensamente su obra, lo que he leído revela un empeño en entregar una reflexión profunda, pero dentro de una forma muy cuidada. En lo personal siempre he tenido predilección por el concepto de puente. Aquí se nos enseña que esta fecunda idea, lo mismo que la de barrera, tiene una suerte de ambivalencia. Así es, en un sentido, nuestra naturaleza. Este bello poema culmina con el ejemplo supremo, muy próximo a nosotros, de todo cuanto puede ser usado in bonam partem o in malam partem: la palabra. Agradecemos al autor por permitirnos poner aquí este texto, que él había publicado antes en su culto país. [Radulfus]
ZAMBA PARA NO MORIR, HIMNO DE MORÓN
Hoy es muy común decir que tal canción es una suerte de himno de su pago. Por ejemplo, Santiago del Estero tiene Añoranzas, de Julio Argentino Jerez; Salta, Carpas salteñas, de Juan José Solá. En mi humildísimo sentir, Morón tiene un himno. Es de uno de sus hijos, Hamlet Lima Quintana, autor de los versos de Zamba para no morir (la música es de Norberto Jorge Ambros y Héctor Alfredo Rosales, sobre quienes no obtuve información). Leamos.
Romperá la tarde en mi voz hasta el eco de ayer.
Voy quedándome solo al final,
muerto de sed, harto de andar.
Pero sigo creciendo en el sol, vivo.
Era el tiempo viejo la flor, la madera frutal.
Luego el hacha se puso a golpear;
verse caer; sólo rodar.
Pero el árbol reverdecerá, nuevo.
Al quemarse en el cielo la luz del día, me voy.
Con el cuero asombrado me iré:
ronco al gritar que volveré,
repartido en el aire a gritar: siempre.
Mi razón no pide piedad; se dispone a partir.
No me asusta la muerte ritual;
sólo dormir; verme borrar.
Una historia me recordará, vivo.
Veo el campo, el fruto, la miel
y estas ganas de amar.
No me puede el olvido vencer,
hoy como ayer, siempre llegar.
En el hijo se puede volver, nuevo.
Bellísima zamba que nos recuerda que hay una inmortalidad no muy difícil de ver, la del ciclo de la vida. Y otra, muy venerable, la que concede el deseo de dejar obras perdurables.
Eufrasio López
CREPÚSCULOS OTOÑALES
Amiga, seré acogedor en la yerma lejanía de mi tristeza;
Hoy, la sombra, mañana la noche.
El presente, tan sólo un tránsito fugaz.
Te invito a pasar;
Ahora el cielo es oscuro y los destellos rozados tienen algo de cálido.
Contempla, amiga, cómo el viento juguetea con las sombras.
Tan pronto llega, se desliza y se va;
Se arremolina el aire y en tus ojos adivino la tristeza.
Lo mismo que tu alma, se ha vuelto profunda y bella,
Adivino, amiga, aquello mismo que no quieres ni sabes mirar.
Hoy mismo, hallaras un refugio aquí en la penumbra,
Aquieta tu alma y rasga ese velo tan denso,
Eleva tus ojos y arrebata a la soledad su secreto;
(En un instante sagrado de serenidad, el universo se encuentra repleto),
Observa, amiga, esa yerma inmensidad que se extiende a la distancia,
Y en el inmenso tapiz del cielo,
En el manto profundo, azul purpúreo, del firmamento,
Erigiremos un altar a ese arcano sacramento,
Santificaremos, y daremos luz, a ese perenne misterio;
De las lágrimas sembradas
Que no pudimos ni supimos derramar.
JONATHAN GEORGALIS

UNA MONEDA
El señor estacionó su Mercedes Benz a pocos metros de la entrada del teatro. “Hoy es mi día de suerte –pensó– que haya encontrado este lugar vacío, en día de función, es realmente un milagro.”
Se bajó del automóvil y cerró la puerta con su llave electrónica. Entonces se le acercó el cuidacoches. El señor hurgó en su bolsillo y encontró una moneda de diez pesos. Sin mirar a aquel extraño, le extendió el brazo con la moneda en el puño.

“Señor, hoy es sábado y cobramos cien pesos,” dijo el cuidacoches.
“¿Qué… qué? ¿Qué te pensás? Andá a trabajar… ¡Atorrante!”
“No puedo señor… Soy operado del corazón y estuve diez minutos muerto por un paro cardíaco. Me resucitaron.”
El señor recién entonces lo miró con cara de desprecio. Nunca había oído una mentira como esa. Se dio vuelta para irse. Mejor te hubieras muerto del todo. Y se rio, aunque no quiso decirle al otro que era una broma. Después de todo no era nadie.
El cuidacoches sintió que le vino como un mareo. Ya no podía enojarse como todos los demás. Extrajo un cuchillo y se lo clavó al señor en el pecho, a la altura del corazón. Enseguida la camisa blanca del señor se cubrió de rojo.
“Ahora el que se va a morir del todo sos vos”, le gritó y salió corriendo… El señor se desplomó junto al cordón de la vereda.
Todo sucedió en un instante. Varias personas que se dirigían al teatro siguieron apresuradamente de largo. El cuidacoches desapareció entre los automóviles que se apiñaban y hacían sonar sus bocinas. Pero alguien vio lo que pasaba y corrió a auxiliar al señor. Le abrió la mano y le tomó el pulso. Estaba muerto. Varios curiosos se juntaron.
La moneda de diez pesos, desprendida de entre los dedos del señor, cayó a la vereda hasta perderse en una alcantarilla.
Nadie se dio cuenta.
WASHINGTON BADO[1]
Una de las obras del escritor
[1] Autor uruguayo actual, de amplia actuación en la vida de su país. Le agradecemos su participación en este número y me hago el propósito de dedicar un número, en esta modesta publicación, a las letras uruguayas. [Radulfus]
BORIS DOVAL,
un recuerdo al revés
Doval fue mi amigo, tuve esa suerte. En sus últimos años vivió en un garage, cerca de Agüero y Solari (no doy calles exactas para evitar la procesión). Gustaba de llamarse “caballero punk”. Solía decir que se consideraba un poeta menor. Curiosamente, fue el mejor poeta vivo que tuvo Morón. Tal vez entre lo mejor y lo menor no haya diferencia.
El poema que comparto goza del beneficio de la brevedad. Y el de ser uno de sus textos más diplomáticos, por así decir. La imagen es concisa pero sensorial. Concreta y abstracta al mismo tiempo, entre la pobreza material y la sugerencia estética.
Con desamparos así, vale emprender el viaje.
Leo Gramático

EY
Cuando hace frío duermo vestido
me lo pide el cuerpo.
Me tapo con el capot de una Chevy
sobre unos ladrillos que acabo
de calentar
prolijamente
con el pensamiento.
Desde la cama veo el noticiero
como si fuera una canción de cuna
desarreglada,
y cierro los ojos alegremente
pensando en una araña
que nadie debería matar.
BORIS DOVAL
ÉGLOGA

Francis Albert Salicio (A.K.A. Frankie) persigue de techo en techo a Luigi Nemoroso (A.K.A. Lou).
Ya se han tirado todos los tiros y han tirado sus pistolas calientes y vacías. Ya se han arrojado estrellas ninja, puñales y hasta piedras encontradas en las terrazas. Pero ningún proyectil ha dado en el blanco y los dos siguen corriendo y saltando de casa en casa, de edificio en edificio. Frankie, hombre del FBI no tiene ningún interés personal en Lou, lo persigue por orden del jefe y Lou, un gangster a la antigua, no hace más que cumplir con el deber de escapar del otro.
Los dos han pasado los treinta. Los dos han recorrido muchas millas en los techos de Chicago y ya no tienen ganas de enfrentar estas maratones que pueden costarles la vida. Jadean, pero ninguno quiere ser el primero en decir que se rinde.
De puro cansados no se han dado cuenta de que las casas se han ido acabando, de que el verde de los árboles domina el paisaje.
Lou, que de tanto ver espacios entre construcciones, salta ante cualquier interrupción de la superficie donde corre, nota algo raro frente a sus pies, pero salta de nuevo. Aún agotado, el mafioso da el más largo de sus saltos. Mira alrededor: acaba de saltar un arroyo, de esos cantarinos, con bouquets de flores silvestres en las orillas y aguas transparentes que permiten ver las rocas del fondo, redondeadas por la caricia de la corriente.
En la otra orilla, Frankie ha decidido terminar con la persecución, se ha sacado la chaqueta, el sombrero y se ha tendido boca abajo sobre los tréboles. Lou lo imita, sólo que se tiende boca arriba y mastica un tallo que tiene gusto dulce.
Pasan en silencio unos minutos. Después Frankie dice con voz relajada: “¿Te conté alguna vez sobre Ruby, la mujer de hielo, más sorda que el mármol a mis reclamos?” “No, dice Lou, y me interesa esa historia. Cuando termines de contarme yo te voy a hablar de una mujer a la que yo llamaba Lili Marlene y que cuando se fue de este mundo, se llevó mi corazón en su bolso…”
Frankie empieza a hablar, Lou se sienta para escucharlo. Un ruiseñor aparece de alguna parte y le pone música de fondo a su relato.
DANIEL FARA

MINUCIAS MORONENSES
Un viaje algo jocoso
Empezaré por el final, pues un sábado, después de dar clase en nuestra Facultad, tuve que ir a Merlo. Lo hice en colectivo. Sentado admiraba el paisaje urbano; pero en el teléfono recibí este chascarrillo de parte de un profesor.

Luego de esta buena broma, mi vista se topa con un taller mecánico de nombre Esteban Quito. Eres una persona joven, caro lector, y por ello no conoces este chiste más viejo que la ruda. En realidad su versión más completa es Armando Esteban Quito.

No sé cuál es la vinculación pero tal vez debe buscarse en la capacidad de armar, una de las inherentes a un mecánico al modo de antes, sin tanta robótica.

Un poco más adelante un cartel aconsejaba tomar la bebida Terma bien helada… lo cual tiene un pelín de contrasentido, pues θερμός, de donde sale termo, significa ‘caliente’ en griego.

En fin, llegué a la estación de San Antonio de Padua y tomé el tren de vuelta al hogar. Termino con algo que repito siempre: ¿cómo se dice ferrocarril en latín? Pues podría ser currus ferreus o también raeda férrea, para citar solo dos formas.
Radulfus
Puentecito de la plaza
Antes de entrar a clase paso por la llamada Plaza de la Cultura. No voy a negar que es linda pero los sábados se transforma en feria comercial y tal carácter cultural se pierde un poco. Hace dos o tres años supo haber una fuente. Cuando tomaba mi último examen en la Universidad, en diciembre, solía cruzar por el puente, me detenía a mitad del breve trayecto y, de espaldas, arrojaba una moneda en la fuente, a la manera de la gran fontana de Roma. Hacía esto como auspicio etrusco favorable, para poder volver, al año siguiente, a trabajar en la querida Universidad de Morón.

Las monedas y la fuente… ¿qué se fizieron? Al menos quedó el modesto puentecito. El otro día pasé con mi habitual compañero de mesa, el Prof. Nicora, y le conté cuán mal me encontraba, porque no tiene sentido un puente sin agua y sin orillas. Pero Juan Carlos me dijo, poco más o menos, estas sabias palabras: “Pero Rolo, no te lo tomes así. Vos podés crear un sentido figurado. Por ejemplo, el puente te lleva desde el mundo de la calle, del tren, de las preocupaciones cotidianas, hasta el mundo humanístico de la Facultad.” Poco pude agregar. Tomamos juntos el currus ferreus y, después que él se bajó en Liniers, en mi block Geloso improvisé esta humilde copla.
Póns amíce, quí ferébas
húnc homúnculúm ad áulam,
fórtitér resíste aetáti,
ómnia quáe sempér deiécit.
Esto es, pido a mi puentecito moronense que resista el paso del tiempo, que todo lo doma.
Radulfus
Viaje en tren al oeste cercano
Oh the lonely, lonely West!
Oh the train across the fields!
Here I have met good friends,
really happy I am here.
John Singh

Recuerdo del Dr. Segura
Conocí hace unos veinte años al Dr. Segura. Muy poco supe de su vida. Me lo presentó en pasillos otro docente, que ya hace tiempo no da clases. Segura (nunca supe su nombre de pila: lo trataba como “doctor”) era sanjuanino y abogado. Trabajaba en la parte de asuntos legales de una obra social sindical y tenía un estudio en la zona de Congreso. Esto lo sé por viajes en tren compartidos y por encuentros casuales en el Edificio Central. Daba una materia que se llamaba algo así como Política de Desarrollo. Hace unos diez años su esposa me llamó para anoticiarme de su fallecimiento. Al parecer el Dr. Segura tuvo una muerte repentina. Como yo figuraba entre sus contactos, aunque su señora no me conocía, ella sin embargo llamaba a los números de la libreta telefónica de su marido, para que todos nos enteráramos de la triste noticia. Si fue triste para otros, literariamente tristísima para mí. Digo esto, porque casi siempre hablábamos de literatura. Era apasionado de Borges. Como lector de antes –sin duda tenía algún año más que este servidor– solía recitar de memoria largos y diversos textos poéticos. ¿Qué más puedo decir? Lo que dije: que lo extraño y que a veces me parece que lo encontraré por nuestros claustros.
Radulfus
Chascarrillos literarios
Me gustaría que cada número terminara con algunos chistecitos literarios (o quizá culturosos). Va el intento:
¿Quién es el poeta maldito más amigo de los perros y de las aves?
Bau del aire
Leo Grammaticus

¿Cuál es el poeta más aburrido de todos?
Opiano, autor griego de la antigüedad.
Radulfus

…fin del número 3…
